Telas cosidas

El trabajo que acostumbro realizar apela a la memoria individual, pero además alude a la utilización de la memoria como material de trabajo. Como operador tanto en el autor como en el espectador.
La obra presentada alude a la memoria de un modo superficial. La alusión de la pieza en su modo más físico a las cicatrices, tanto como al trazado de fronteras es clara, y se refiere a la cualidad de este tipo de cosas de perdurar en el tiempo. Pero me permito invitar a una reflexión algo mas detallada.


Necesitamos un flujo constante de datos proveniente de la memoria, entre otras cosas, para crear cierta conciencia del tiempo. La memoria va siendo acumulada como nudos, en los que añadimos algunos índices o puntos de inflexión, como la famosa magdalena, o momentos en que se comparte un recuerdo de modo que se pueda acudir a otro para reconstruir un fragmento. La metáfora no es tan casual; hace poco me revelaron que la civilización del Caral, en el antiguo Perú utilizaba el “quippu” (un ramal de cuerda con varios nudos y colores, anudado a otros ramales similares y utilizado para registrar y transmitir relatos, noticias y cuentas).
Continuando con lo antiguo, el siguiente ejemplo se me ocurrió un día visitando el museo de arte primitivo de París. Viendo unas enormes paredes por las que colgaban unos tapices hasta el suelo imaginé una conversación:
Madre hacendosa: - Trescientos cuarenta y seis…, trescientos cuarenta y siete…, trescientos cuarenta y ocho…, ¡…!, ¡hija! ¿Por qué punto iba? -
Hija: - Por el trescientos cuarenta y ocho, madre.
Madre: - ¡Ah! Vale. Ahora es cuando tenía que cambiar el hilo al rojo durante dieciséis puntos y luego volver a este color. ¡A ver si termino esta línea de una vez!
La memoria a veces parece ser intermitente. Parpadea. Es en ese latir. En ese pulso de la memoria y sus intermitencias donde creo que el recuerdo puede ser mejor compartido. Aquí yace, tal vez una muestra de la memoria como potentísima herramienta para la comunicación. La madre pregunta “¿Por qué punto iba?”, pero su pregunta es sobre si su hija está, como ella, atenta al paso del tiempo marcado por la simple enumeración de puntos, y si recuerda, aunque no cada uno de ellos, al menos esos puntos en los que hay cambio de color.
Los recuerdos van siendo enriquecidos permanentemente. Supon-gamos que en un momento un recuerdo adquiera una consistencia determinada para que podamos decir que está “grabado”. ¿Cómo “grabamos” un recuerdo? ¿Antes? ¿Después? ¿Mientras? ¿Al recordarlo? Es posible que conformemos un recuerdo en un conjunto absurdamente heterogéneo de "algos"; tiempos, sensaciones, comportamientos. Constantemente la memoria se afana en brindarnos una suerte de disposición. Tal vez es casual. Nada sabe la ciencia sobre por qué recordamos deteminadas cosas en ciertos momentos. Pero me gusta enlazarlo con el dibujo de las líneas intermitentes de un hilo en el desafío de unir disparidades. Creando pequeñas heridas.
Hablando de los zapatos de Van Gogh, Derridá menciona la intermitencia:

 
" ...Como un cordón, cada "cosa", cada manera de ser la cosa, pasa por el interior y luego al exterior de lo otro. A menudo nos valemos de esta figura del cordón: pasar una y otra vez a través del ojalillo de la cosa, de afuera a adentro y de adentro a afuera, sobre la superficie exterior y bajo la interior, y viceversa ..."
 

En la obra de Proust ocurre permanentemente, se alternan momen-tos de la experiencia vivida del protagonista con momentos de recuerdo y pensamientos, al punto que cuando en "La fugitiva", todo el desarrollo es en su memoria y mediante reflexiones, nos parece natural y enlazado. El autor creo que deja entrever un cierto enlace entre lo que mencionábamos antes como “líneas por debajo” y “líneas por encima de la tela”. No por nada este autor francés se declaraba admirador de la obra de su compatriota Henry Bergson. En “Materia y Memoria”, Bergson expone una concepción de la memoria totalmente nueva. Según él no vamos del presente al pasado; de la percepción al recuerdo, sino del pasado al presente, del recuerdo a la percepción.

Por otro lado la mayoría de los autores coincide en asignar una cierta caridad al hecho de olvidar. La memoria es algo vivo, y no se pretende aquí hacer su análisis como si se tratara de una autopsia. La sociedad se encuentra menos unida por sus recuerdos que por sus olvidos, y relata un extracto mitológico:

 
“Helena, hija de Zeus, había obtenido de Polydamna, la mujer de Thon, el secreto de una droga que mezclada con el vino hacía olvidar los males, el dolor y el resentimiento: el que tomaba esa mezcolanza no dejaba que las lágrimas corrieran por sus mejillas durante todo el día, aunque se hubieran muerto su madre y su padre”.
 

Mnemosyne, diosa de la memoria y madre de las nueve musas, posee la conciencia absoluta de un buda, pero esta memoria irreprochable tiene fallos. El Funes de Borges es capaz de asociar miles de datos memorizados con versos declamados en su presencia pero, al mismo tiempo, es incapaz de comprender el sentido del poema recitado.